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Una pausa con vinos clásicos/Hablemos de vinos

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Yo sigo pegado con Moby Dick . En la introducción, por ejemplo, José María Valverde escribe esto: “El lector, sin duda algo aturdido por su larga navegación, se encuentra abrumado con el trágico final: más adelante, cuando vuelva a abrir Moby Dick, por el comienzo o no, aunque ya sepa todo el desarrollo, no dejará de sentirse de nuevo arrastrado por la voz de Melville a navegar de nuevo, páginas y páginas. Es eso, en definitiva, lo que hace que algunas raras obras sean verdaderamente clásicas, esto es, inolvidables y siempre nuevas”.


¿Es esa la atracción que generan los clásicos? ¿La belleza imperecedera de los autos ingleses? ¿El eterno dulzor de la torta de chocolate del Hotel Sacher en Viena? ¿Y los vinos?¿López de Heredia? ¿Rinaldi? ¿Egon Müller?


Con Moby Dick me ha pasado lo mismo que dice Valverde, claro que con treinta años de diferencia, desde la última vez que dejé el libro sobre la mesa de noche, abrumado, cuando tenía 13 años. Y ahora, cuando lo he vuelto a leer para quedar completamente maravillado por capitanes, arponeros y la constante lucha entre el bien y el mal.


Volver a probar vinos clásicos es también como un nuevo enamoramiento. Aunque no se han olvidado del todo las sensaciones que provocan, ahí están de nuevo para revelarse ante nosotros, para recordarnos por qué esos vinos, los que pasan de moda, los que no persiguen puntajes, son lo que son y lo han sido por décadas.


Cuando hablo de vinos clásicos, estoy en realidad pensando en los de vieja escuela, en los que confían en el carácter de sus uvas, pero que no sobreextraen sus sabores, los que no abusan de la madera nueva o que prefieren el balance en vez de dar ese golpe directo al mentón con el que hoy la mayor parte de los vinos (y de los libros y de las películas y de las series de televisión) pretenden buscarnos y sorprendernos y seducirnos. Tetas grandes, en el fondo.


Ayer he vuelto sobre Rinaldi, un productor que adoro en Barolo. Y ya de solo olerlo se me ha ido todo remordimiento por abrir esa botella, una de las pocas que me quedan. Los aromas terrosos, la textura tensa, la acidez crujiente, lo bien que queda con la comida, las ganas que dan de beberlo completo, pero a pequeños sorbos, descubriéndolo de a poco, lento, como se levanta el sol.


No hay muchos vinos como estos, claro, como tampoco hay muchos libros como Moby Dick en el mar de vinos mediocres y libros de consumo rápido. Pero ustedes descúbranlos, porque les aseguro que les va a hacer bien para el alma. Una pausa.
 

6 de mayo de 2012
Patricio Tapia
Especial para EL TIEMPO

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