Columna de opinión Hablemos de vinos por Patricio Tapia.
Me he estado metiendo en problemas últimamente. Y todo por una guía de vinos que hago. Se llama 'Descorchados', y este año se me ha ocurrido que también tengo que incluir vinos argentinos. Un chileno criticando vinos argentinos. Cosa compleja.
Me he juntado con la mayor parte de los enólogos argentinos, he probado más de mil vinos de ese país y los resultados de esas catas los acabo de publicar. Pero la polémica se ha armado porque, en cierta forma, no estoy muy de acuerdo con el estilo de 'malbec' que hoy predomina en Argentina: esos tintos pesados, súper maduros, de muchos grados de alcohol. Y lo he dicho y, de vuelta, me han tratado de todo. Hasta de querer manchar el éxito del vino argentino y que la industria chilena me paga por hacerlo.
Tonterías, por cierto, que no vale la pena ni aclarar. Entiendo, sin embargo, que el tema sea complejo porque si viniera un argentino a cuestionar el estilo de los vinos chilenos, quizás hasta yo también me pondría medio estúpido, lanzando tonterías. No obstante, no voy por ahí, sino que me gustaría hablarles de un tema que es central y que, a pesar de su carácter geográfico, no tiene que ver con nacionalidades ni menos con regionalismos pelotudos: el origen del vino.
Yo, al menos, cuando bebo un Rioja no pienso en España, sino que más bien pienso en el paisaje, en la comida, en la gente del lugar. Cuando bebo un tinto de Mendoza, lo mismo. Me gusta imaginar las montañas, el clima, las buenas historias que tengo allí.
El vino es origen, pero no es nacionalidad. Pedir un vino español es como ir a la tienda y preguntar por un carro sin más, sin especificar. Entonces, el dependiente debe empezar a preguntar: le gustan los deportivos o los todoterreno, o prefiere una 'suburban' para llevar a su familia. Lo mismo con el vino. Preguntar por un vino argentino es, claro, una forma de decir 'malbec', pero ni siquiera hablando de 'malbec' hay solo una posibilidad.
Por eso, cuando escribo sobre vinos argentinos (y lo hago hace al menos 15 años) en lo que pienso no es en un país fronterizo, con el que los chilenos tenemos diferencias históricas, muy propias y normales entre naciones vecinas, y menos en un país productor que es competencia, porque yo cuando escribo no soy un chileno, sino que solo soy un amante del vino.
Como consumidores, entonces, no pensemos en países, sino en regiones. Es en las regiones, en las zonas, en los viñedos en donde realmente está la distintividad del vino, la diversidad de estilos. Un Rioja clásico no tiene nada que ver con un Ribera del Duero, aunque ambos hayan sido hechos con la misma cepa. Del mismo modo, un malbec de Agrelo no tiene mucho que ver con uno de Gualtallary. Piensen en zonas, piensen en lugares, nunca en países.
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