Escalona, el gran cronista del Valle de Upar (perfil)

Con su sombrero de ala ancha, su gabardina y corbata tenía a la vista de las visitas un aire siempre imponente. Incluso ya enfermo, , recibía a la gente tan elegante como en sus retratos.

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No importaba que debajo del paño escondiera el algodón de su pijama de convaleciente. Imponente fue siempre, aunque la voz se le apagara y se fuera dulcificando, lentamente. A lo largo de los años y la enfermedad (tenía varias dolencias, la más grave, la del corazón) la sabrosura de sus relatos -porque era delicioso oírlo contar sus anécdotas- cedía terreno ante la dificultad de respirar sin ayuda del oxígeno.

 

En el 2007 tuvo dos síncopes cardiacos, una vez se desmayó en un evento con vicepresidente a bordo. Sus entradas y salidas de la clínica hacían que las citas con los amigos se vieran siempre en peligro de ser canceladas a última hora. Sin embargo, la amistad fue algo que alimentó la vida del compositor de la Elegía a Jaime Molina, que le compuso para cumplirle promesa de dedicarle una canción si se moría primero. Por eso, a pocos meses de la muerte de su gran amigo Alfonso López Michelsen, su hija Taryn resaltaba que con López se le acabó de ir el alma.

 

Nacido en Patillal, en 1927, para 1944, cuando comenzó su amistad con López, Escalona ya tenía compuestas varias de sus canciones clásicas: La vieja Sara, El Testamento, La Creciente del Cesar, El Mejoral y El perro de Pavajeau. En todas ellas contaba las crónicas de su entorno. Ser un cronista, un "periodista" de su región fue una idea que le vino a la cabeza siendo muy niño, le dijo a El Tiempo en una entrevista reciente, cuando su padre, don Manuel Clemente Escalona leyéndole el periódico le enseñó lo que era una crónica. "Sentí que podía hacer lo mismo, crónicas, pero cantadas", dijo Escalona en su momento.

 

Sin embargo, no lo criaron para músico. Él era de la élite, sobrino de un obispo, orgullo que no escondió, como tampoco escondió jamás que no aprendió a tocar acordeón porque no era para gente de su clase. "Cuando comencé a hacer canciones -dijo una vez- no había compositores vallenatos, sino acordeoneros. El acordeonero era un tipo analfabeta, el ordeñador, el mozo de la finca. Y yo irrumpí en ese mundo, por eso me crecieron tanto las orejas, porque por estar oyendo acordeoneros, mi mamá (Margarita Martínez) me tiraba de las orejas y me decía que eso era para los plebeyos".

 

Pero se las ingenió para que las canciones, inspiradas en el acontecer cotidiano, que llevaba en la cabeza conquistaran Colombia. "Se convirtió en el gran relator, en el notario de nuestra vida hecha historia musical gracias a su talento", escribió Consuelo Araujonoguera en el libro que le dedicó a Escalona. En él, Araujonoguera apuntó que el maestro "hacía el canto memorizándose la letra y guardando la melodía en la cabeza, ya que no sabía escribir música. Y salía para donde Poncho (Cotes) a cantárselo. Este escuchaba atentamente la melodía (...) y luego la vertía en las cuerdas de su guitarra, para dejar lista la obra musical".

 

Así, sus canciones nacieron en guitarra y fue en ese instrumento que empezaron a difundirse. Entre 1947 y 1950, Guillermo Buitrago empezó a grabarlas, pero sin mencionar a Escalona, lo que creó confusión sobre la autoría de muchas piezas. Pero fue Cotes quien lo relacionó con los juglares Emiliano Zuleta (autor de La gota fría) y Toño Salas, hecho que comenzó la difusión de sus cantos acompañados del acordeón.

 

Y fue Nicolás 'Colacho' Mendoza, acordeonero humilde, quien tradujo la música de Escalona a sus sonidos del 57 al 75. Curiosamente, la música de Escalona tuvo un impacto inicial más fuerte en Argentina, anotaba Araujonoguera, en la voz de Alberto Fernández y el trío Bovea y Sus Vallenatos.

 

Por su lado, Escalona se dedicó a la agricultura, al algodón. Y más adelante, por amistad con López Michelsen se convirtió en su mano derecha cuando este fue primer gobernador del departamento del Cesar, en 1967.

 

López, Escalona y Araujomolina se erigieron entonces como los fundadores más importantes del Festival de la Leyenda Vallenata, que tuvo su primera edición en abril de 1968. Un hecho que comenzó a elevar el estatus social del vallenato. También fue el autor de la canción de campaña de López a la presidencia de la República: "López el pollo, López el Gallo" y después fue diplomático: cónsul de Colombia en Panamá y pasó a vivir al interior del país, reformando sus ropas de la provincia por los abrigos y las corbatas que le vimos hasta sus últimos días.

 

Decía que dejó su región de origen por el whisky: "En mi tierra se tomaba mucho trago. Tenía que tomar con todo el mundo. Tomaba con el que quería y con el que no quería".

 

"¿Qué quería, que siguiera vistiendo de caqui con botas tejanas como un campesino aquí en Bogotá?", dijo el maestro recientemente ante el recuerdo de lo mucho que Araujonoguera le criticaba andar "disfrazado de cachaco". Y vestido de gala recibió un Grammy de honor, en el 2006, cuando se estrenó la categoría vallenata. También obtuvo reconocimientos como la Cruz de Boyacá, el Premio Aplauso a las Bellas Artes en el 2008 y muchos otros galardones que adornaron su casa.

 

En el 2008, continuaron los problemas de salud del maestro. Se tropezó con un cable, al salir de su cuarto y se quebró tres costillas. Y las dolencias del corazón lo hacían salir derecho para la clínica de las reuniones con los amigos.

 

Antes de que comenzara aquella inestabilidad, el compositor vivía de dar conferencias sobre el origen de las letras vallenatas, hace un par de años las dejó y su mujer, Luz Marína Escalona, afirmó, que vivía más que todo de las ventas del libro 'La casa en el aire', sobre sus recuerdos de juventud y, últimamente, de la comercialización del sobrero de ala ancha, a imagen y semejanza del que usaba siempre, que él mismo diseñó y firmó.

 

LILIANA MARTÍNEZ POLO
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

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LILIANA MARTÍNEZ POLO
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