26 de junio de 2008 - Caribe

Nuestras islas vistas desde el calipso, el mentó y el reggae

Un amplio vistazo sobre los ritmos del archipiélago, sus artistas y raíces

La esclavitud hizo de sus ritmos, una música negra sin tambores. Visto como elemento de brujería, el tambor fue proscrito del Archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Por eso, hoy, que un grupo como Creole, centrado en el rescate de las raíces, incorpore la percusión resulta novedoso.

 

Creole hace calipso, la música emblemática de la isla. Pero el mentó, mas festivo y bailable, fue antes, por tanto, más típico. El grupo se define como un eslabón entre el antes y el ahora de la música. Conserva de la tradición el protagonismo de la mandolina y un par de instrumentos que nacieron de la recursividad del isleño cuando se vio sin con qué hacer música. Son la quijada de caballo, que suena cuando un golpe hace saltar las muelas, y el  tináfono o tub bass, hecho con un balde de lavar ropa, un palo y una cuerda que se templa entre los dos, que suena como un bajo.

 

Pero la mandolina, en las islas, no reinó siempre. En su lugar se usaron la dulzaina, el violín y el acordeón. A Providencia, el acordeón llegó desde Panamá, cuenta Yolanda Hooker, gestora cultural. Pero pasó de largo hacia otras músicas. El isleño adoptó la mandolina y entre los viejos que aún conservan la tradición de sus abuelos es maestro el que interpreta el mentó, el calipso, el jumping polka, la mazurca y el pasillo con mandolina y también con el violín, que para ellos se está perdiendo.

 

"En providencia nos quedan solo dos maestros", dice Hooker. Habla de Alvan Mclean y Wilberson Archbold. El primero le ha enseñado a toda su familia los instrumentos de la música típica y el segundo es líder de Coral Group y desde hace tres meses enseña en una escuela de música para "mantener vivos los instrumentos". "Cuando él fallezca -aclara Hooker-, quedará uno en el grupo como maestro. El maestro Wilberson está formando a una persona en el violín, para no dejar morir la tradición".

 

Wilberson, que la mayor parte de su vida fue chef en cruceros y músico durante sus vacaciones, es de los últimos que hicieron música con una caja de fósforos, "cuando estas eran resistentes" (la tradición se perdió con la evolución de las cajas). Fue de los que hizo instrumentos con los palos de los cocos y las latas de sardinas. Les atravesaba un palo, les ponía cuerdas y las tocaba a imitación de mandolinas. Y es de los que componen el viejo calipso, el tradicional jocoso que cuenta historias como la del Loro Negro, que se cansó de advertirle a su amo que la mujer le estaba poniendo cuernos, sin que este le creyera.

 

Por tradición, el calipso es humorístico. El grupo Creole tiene varios de esos. "Lía es una señora tetona -cuenta Félix Michel, autor de la canción con el nombre de la mujer- y los muchachos por azararla le cantan: Abajo, abajo, tus senos están hasta abajo'".


Pero si de letras se trata, la tendencia en los grupos de ambas islas es a pasar de lo jocoso a dar cuenta de las inquietudes sociales, el choque cultural que sienten cuando se encuentran con los colombianos del continente y los problemas del isleño, como la sobrepoblación. Modernidad para ellos puede ser, además de usar tambor, cantarle a la Occre, oficina de inmigración del Archipiélago.


Creole, la evolución del calipso

Marlon Acosta y Félix Michel son las voces del grupo Creole, que nació en 1986 con la idea de preservar las raíces de la música nativa y llevarlas tan lejos como fuera posible. Según Acosta, antes de Creole era difícil que en San Andrés alguien tomara la música como forma de vida. Aún hoy es difícil. La gente llega a la isla a pedir vallenato, merengue y reguetón. Y se va sin darle la oportunidad al calipso.

 

Sin embargo, Creole ha decidido salir, ha hecho giras en el exterior y ha tenido que cambiar, buscar un equilibrio entre tradición y contemporaneidad. "Metimos el tambor porque no tenemos que seguir sometidos al régimen esclavista. Es demasiado importante para dejarlo en el desván", dice Michel. No fue el único cambio. Antes tocaban sentados, ahora solo el bajista y el del tambor se sientan. Incluyeron coreografías, afinaron el juego de voces y empezaron a interactuar con el público. "Antes hacíamos una lista de canciones, tocábamos y ya, ahora explicamos algunas al público", explican. Y han compuesto alguna que otra en español, aunque su idioma siempre será el creole.

 

Las letras son cada vez más sociales. Hablan -cuentan- de las "mentiras que les dicen a los isleños los diferentes gobiernos". En Hold On, le dicen a la gente: "Persevera" y Michel explica que es porque "todos los días nos dicen que las cosas mejoran, que bajó el desempleo, y veo llorar a mi mamá todos los días porque no tiene con qué comprar la comida". Le han cantado también a la Occre, la oficina de inmigración, porque a pesar de su existencia, la isla está sobrepoblada y la realidad no coincide con las cifras oficiales.

 

"Nos educaron diferente al resto del país -dice Michel, autor de muchas de las letras en las que ahora retrata lo que le parece absurdo-. Educo a mi hijo para que cuando alguien llegue a casa, él abra la puerta y le diga: Pase, por favor. Y en el programa de la mañana, una psicóloga de Bogotá les dice a los papás que enseñen a sus hijos a no hablar con los extraños. Son educaciones diferentes. Si mi hijo viaja allá estará en peligro, porque se le ha inculcado la confianza. Nos basamos en La Biblia: no robarás, no matarás, honrarás a padre y madre, Dios es celoso. Son cosas que hemos querido mantener. Y por medio de la música hemos querido recordarle a la gente que nosotros somos así. Las leyes que sacan en Bogotá tal vez son buenas para ellos, pero acá no nos sirven para nada. Porque vivimos otra cultura y no está mal".

 

Holly Conqueros:

"Dios creó al mundo en forma de una sinfonía, la música está en el aire, en la esquina. Ahí está la inspiración", dice Albert Gómez, del grupo de reggae de San Andrés, The Holly Conqueros (Los sagrados conquistadores). Aunque el reggae está asociado con Jamaica, él y Job Saas, dos isleños rastas, dicen que también es suyo. El grupo tiene 4 años, pero antes sus integrantes pasaron por muchos otros grupos de reggae. "Para mí -dice Gómez- este grupo estaba formado desde que éramos niños, porque Dios dijo que desde que uno tenía el tamaño de un grano de arena en el vientre de su madre, tenía escrito lo que quería que cada uno hiciera".

 

Según él, pudiendo hacer muchos otros ritmos, se basaron en el reggae, porque es la música de las islas del Caribe que se utiliza para llevar a la gente mensajes constructivos. "Tocar reggae -dice Job Saas- es una forma de mantener el contacto vivo con el resto del Caribe. Venimos de África y fuimos repartidos por las islas y ese contacto se debe mantener". Niegan que su música tenga algo en común con el reguetón. "Deberían quitarle el reggae -dice Saas- y llamarlo únicamente 'Tón', porque no se parece".

 

Porque el reggae es la música que la gente de las islas (Jamaica, Trinidad, San Andrés...) usa para decir la verdad de lo que pasa. Y por eso en música, The Holly Conqueros aborda temas como la sobrepoblación de San Andrés. "Una isla es como estar en un barco -explica Saas-. Un barco en medio del mar, con sobrecupo y caos si el barco se está hundiendo".

 

De la sobrepoblación, los músicos pasan al problema de basuras. "Es una bomba de tiempo, dijo un estudio", recuerda Gómez, que está al tanto de todo porque su  música es "militante", pero, dice: es una militancia donde "las únicas armas son "las palabras que salen de mi boca". Y el objetivo es "defender el medio ambiente, la humanidad, las personas, el amor, la paz y la tranquilidad". 

 

Y a la hora de hablar del puente entre la tradición isleña y el reggae que interpreta, Gómez dice: "Viene del tiempo de la esclavitud, cuando trajeron a nuestros ancestros del África, encadenados, para trabajar 24 horas en campos de caña y algodón. Esos patrones, masters de esclavos les daban un poquito de tiempo libre y en ese tiempo libre los esclavos usaban el tambor y al tiempo daban gracias a Dios y le pedían que los ayudara a salir de donde están. Pero Dios escucha oraciones todos los días, pero no las contesta todos los días".

 

Gómez dice que esos ancestros en la esclavitud vivían así porque tenían una misión: "Estaban allí para que hoy nosotros podamos recoger esas cosas y esos ritmos que ellos comenzaron con tambor. Hoy tenemos guitarra, bajo, batería, pitos y cosas así para armonizar, pero siempre con esa misma línea de decir la verdad, pedir a Dios y darle gracias pro medio de la música, eso es el reggae".