El chileno Hernán Rivera Letelier visitó Bogotá y habló sobre su nueva novela.
Con cierta ironía, pero con calidez, el escritor chileno Hernán Rivera Letelier comenta que está pensando en editar un manual que se titule '¿Cómo responder la misma pregunta de cien formas?', para entregárselo a los periodistas a los que conoce en cada país que visita.
Está viviendo una de esas curiosas paradojas que a veces les juega la vida, justamente, a los escritores: alcanzar el éxito por hacer lo que más les gusta, pero a cambio de un año de gira promocional, como si se tratara de una superestrella de la farándula.
Rivera Letelier visitó Bogotá, a finales de la semana pasada, para hablar de su novela más reciente 'El arte de la resurrección', con la que ganó el Premio Alfaguara de Novela 2010, una de las novedades de la próxima Feria del Libro de Bogotá.
En ella, el escritor, de 60 años, relata la vida del Cristo de Elqui, un predicador fanático de su desierto natal de Atacama, en el norte de Chile, que llegó a creerse la reencarnación de Jesucristo y que se le comenzó a aparecer en novelas anteriores. "Me di cuenta de que el Cristo me perseguía para que yo contara su historia. Entonces, entendí que yo tenía el tono del profeta, el lenguaje de lo profano y que, al igual que él, era un andariego".
Al respecto, recordó que esos tres elementos los interiorizó al ver, desde niño, a su padre evangelizar en las calles, todos los días, luego de finalizar su labor en la mina; en las largas horas que pasó escuchándoles las historias a las prostitutas y en los cinco años que duró viajando como 'hippie' por su país.
Cuando Rivera Letelier se sienta frente a un micrófono, es como si el protagonista de su novela lo embrujara, tentándolo a "predicar" su vida (él se considera, ante todo, un contador de historias), desde los duros años de infancia en las minas del Atacama, donde vio morir a su padre "azul de la asfixia", víctima de la silicosis, hasta hoy cuando ha tocado la gloria. "Debo tener un porcentaje de silicosis, luego de 30 años de trabajar también en las minas, porque a veces siento que la altura me golpea", comenta.
En ese ambiente hostil, donde el frío de la noche calaba los huesos y el calor del mediodía era infernal, se crio el autor. Recordó que la única manera de jugar fútbol era robándole las medias a su mamá, con la que hacía una bola "que dejaba tan redonda como un soneto de Petrarca".
Esa vida, casi cinematográfica, ha sido el pozo inagotable de anécdotas y experiencias, de las que se ha nutrido para iniciarse en las letras, primero en la poesía, y luego en la prosa ("poesía horizontal", como él prefiere llamarla) con su famosa novela 'La reina Isabel cantaba rancheras'.
Agrega que hay muchas maneras de llegar al arte. "Yo llegué por hambre". Luego de escuchar por la radio, una noche en una playa en compañía de un amigo hippie, que el primer premio de un concurso de poesía de esa radiodifusora era una comida para dos en un lujoso hotel. "No comíamos desde hace una semana".
A partir de ahí, se inició una exitosa carrera, que lo ha llevado a ganar más de una veintena de galardones. Sin embargo, cuando se le pregunta cuál ha sido el más importante, no duda en responder: "Aquél poema con el que gané ese concurso, a los 18 años, que me salvó del hambre".
El arte de la resurrección
Hernán Rivera Letelier
Alfaguara
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