Las palabras del gigante en la Feria del Libro

Brasil es el país invitado de la edición 25 del evento editorial más importante del país.

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Podrá entender la complejidad de la vida de Clarice Lispector gracias a la exposición que se hará en su honor en el pabellón de Brasil.

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Una gallina: un cuento que podría ser simplemente tierno, prefiere encarnar la angustia, mostrar el miedo del animal a ser devorado y su deseo de escapar, además de presentar el fracaso, pese a una cortísima salvación. Estos temores le pertenecen a Clarice Lispector (Ucrania, 1920 - Brasil, 1977), escritora brasileña a quien la Feria del Libro consagrará una exposición en el pabellón dedicado a este país, al ser una de las voces más originales del continente. A ella, el universo idílico no le encaja: "Escribo muy simple y muy desnudo. Por eso hiere", dijo alguna vez.


Y aunque cada palabra ("Faltan las palabras. Pero me niego a inventar otras nuevas: las que existen deben decir lo que se consigue decir y lo que está prohibido"), cada gesto ("Nadie la miraba en la calle, ella era café frío") o cada imagen ("El recuerdo de mi pobreza de niña, con las chinches, las goteras, cucarachas y ratones, era como de un pasado mío histórico, yo había vivido ya con los primeros animales del planeta") son una espina clavada en el alma; su miseria, en el fondo, anhela la vida.


"En la obra de Clarice Lispector la conciencia desdichada aflora en sus personajes a partir de un incidente anodino. A partir de allí, el que ha sido iluminado vivirá su drama existencial. El instante actúa como desencadenante del descubrimiento del absurdo", escribe la investigadora de la Universidad de Barcelona Elena Losada. Así, para la protagonista de La pasión según G. H., esa iluminación vendrá de su intromisión en el austero cuarto de la empleada; allí, encontrará una cucaracha con la cual se sentirá aterradoramente cercana, al haber intentado acabar con ella.


Y la narradora de Aprendizaje se guiará por el deseo: "(...) haz que sienta que amar no es morir (...), haz que pierda el pudor de desear que en la hora de mi muerte haya una mano humana para apretar la mía".


Lispector es sentimiento. Que no melosería: "Nací para amar a los demás, nací para escribir y para criar a mis hijos. Amar a los demás es tan vasto que incluye incluso perdón para mí misma, con lo que sobra".


Fue una escritora precoz. ("Nací para escribir. La palabra es mi dominio sobre el mundo (...), me adiestré desde los 7 años para tener un día la lengua en mi poder. Y no obstante, cada vez que voy a escribir es como si fuera la primera vez"). A los 10 escribió una obra de teatro, a los 11, una serie de cuentos que envió a un diario local (demasiado sensoriales, le dijeron) y a los 24 (en 1944) publicó su primera novela: Cerca del corazón salvaje , y recibió grandes elogios: "Cerró los ojos un momento, permitiéndose el nacimiento de un gesto o de una frase sin lógica. Hacía siempre esto, confiaba en que en el fondo, debajo de la lava, hubiera un deseo dirigido ya hacia un fin". Y siguió.


Buscar la propia casa

Fue una viajera (su marido fue diplomático), hasta que la distancia con Brasil le pesó más y se divorció para regresar. Cronista de periódicos, también tradujo a Oscar Wilde y a Agatha Christie y hay quienes aseguran que es el espejo femenino de Kafka; su traductor al inglés, Gregory Rabassa, dijo que sus ojos azules parecían salidos de La montaña mágica y que escribía como Virginia Woolf. De hecho, la misma Lispector le puso título a su propia vida: "En busca de la propia casa".


Heredera y continuadora de la tradición antropófaga de las artes brasileñas (el Manifiesto de Oswald de Andrade y las pinturas de Tarsila do Amaral se referían a la capacidad de 'tragarse' las formas importadas para producir algo nacional), Lispector es una digna representante de su lengua: "Saudade es un poco como el hambre. Solo ocurre cuando se come la presencia. Pocas veces la saudade es tan profunda que la presencia es poco: se quiere absorber a la otra persona toda".


Junto al color en el que se tienden a enmarcar las letras brasileñas, ella le agrega incomodidad a la escritura. Y melancolía. Tuvo un triste desenlace. Como si fuera un libro suyo, casi muere calcinada por el incendio que produjo el cigarrillo con el que se quedó dormida. Su vida se apagó en 1977, tras un cáncer de ovarios. Su obra, exaltada en su país, apenas se descubre en el mundo. Por fortuna.
 

Publicado el
15 de abril de 2012
Dominique Rodríguez Dalvard
Redacción Domingo
HERRAMIENTAS

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