Buenos actores en una puesta de telenovela

Baraka, con un éxito impresionante en Argentina, llegó al Iberoamericano y se queda hasta el 10 de abril en la Castellana. Crítica de la obra por Diego León Giraldo

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Foto: Cortesía del Festival de Teatro

Baraka

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Regocija ver actores comprometidos y disfrutando de textos inteligentes; eso es lo que nos mueve a asistir a una función de Baraka. La historia de cuatro amigos de toda la vida, que años después se vuelven a encontrar, es el retrato de la cotidianidad y las vueltas que da la vida.


Dario Grandinetti, al que conocimos por las películas El lado oscuro del corazón y Hable con ella, teje finísimamente la personalidad del gay maduro del grupo, sin exageraciones y con una delicadeza que lo muestra humano y lo aleja de la tentación de esos retratos de payaso que un personaje de este tipo puede representar.


Jorge Marrale, como el sicótico, alcohólico y drogadicto en aparente recuperación, es el volcán que estalla de manera inesperada sacando la pieza de cualquier marasmo. Hugo Arana, el director teatral de pocos escrúpulos y Juan Leyrado, como el egoísta y ambicioso que se camufla y que todos suponemos que es amigo verdadero, son el resto del cuarteto.


La obra, con un éxito impresionante en Argentina, llegó al Iberoamericano y se queda hasta el 10 de abril en la Castellana. Y si bien es la oportunidad para ver a cuatro grandes intérpretes en conflictos que de tan sencillos terminan siendo profundos, también es cierto que tiene su lunar en la puesta escenográfica.


Aquí asistimos más a una puesta estilo set de TV, que nos recuerda propuestas facilistas que en realidad buscan llenar las salas a punta de la popularidad del elenco. Y ciertos apartes textuales, como cuando uno del grupo confiesa que es amante de la hija casi adolescente de otro, son desaprovechados y podrían representar giros dramáticos importantes.


De todas formas, da gusto ver buenas actuaciones, disfrutar cómo los actores de verdad se meten en la piel de sus encarnaciones y dejarnos llevar por la nostalgia de lo vivido. Allí están los brillos de la obra y el motivo por el que vale la pena olvidarse de la aburrida escenografía y hasta de esos momentos dramáticos dejados sin anudar.

Publicado el 4 de abril 2010
DIEGO LEÓN GIRALDO S.
PERIODISTA ESPECIALIZADO EN TEATRO
HERRAMIENTAS
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