La firma de Gabo y Vargas Llosa

El librero Álvaro Castillo Granada cuenta cómo logró que García Márquez y Vargas Llosa le autografiaran en la misma página un libro.

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Foto: archivo particular

Siempre he creído que la literatura es hecha por todos, voluntaria o involuntariamente. Es, siguiendo las huellas del teatro, una "creación colectiva".  Mi papel siempre ha sido el de observador: soy lector y librero. Desde las afueras veo como los libros suceden. Para algunos amantes de la literatura (entre los que me incluyo) una parte fundamental de esta es la "pequeña historia": los secretos de cómo, cuándo, dónde y por qué se escribe un libro. Las "artes poéticas" pertenecen también al género de la ficción: esas explicaciones lógicas que intentan dar razón de los procesos de creación de una forma coherente, ordenada y clara se pueden leer como un cuento más. Hay dos ejemplos fascinantes:  "La filosofía de la composición" (1846), de Edgar Allan Poe y "Cómo escribí algunos libros míos" (1931), de Raymond Roussel.  Su lectura puede ser más azarosa y misteriosa que cualquiera de sus cuentos, poemas o novelas.

 

'De Gabo a Mario' (2009), este nuevo  libro de Ángel Esteban y Ana Gallego, es una continuación de Gabo y Fidel: el paisaje de una amistad (2004, escrito con Stephanie Panichelli), en la exploración de la historia de dos amistades fundamentales en la vida de Gabriel García Márquez: Mario Vargas Llosa y Fidel Castro.

 

Su lectura me deja reacciones encontradas. Por un lado (a diferencia del primero, donde la especulación y la imaginación de los autores suple la escasez de documentos) me asombró la cantidad de material inédito y olvidado al que tuvieron acceso para reconstruir, paso a paso, los entretelones y misterios de una de las amistades literarias paradigmáticas del siglo XX. Son memorables las cartas que se cruzan armando proyectos y compartiendo entusiasmos. Al poder adentrarse en los meandros de papeles de la Universidad de Princeton, los autores rescatan estos documentos que ayudan a perfilar y dibujar la historia de una amistad que empezó como reflejo de una admiración hasta transformarse en el encuentro de dos escritores que se volvieron hermanos hasta que, así eran los tiempos en los que les tocó vivir y actuar, las diferencias políticas y los asuntos personales los separaron para siempre. Irremediablemente. Por otro lado, es en este punto, el fin de la amistad, donde (ante la carencia de documentos y abundancia de versiones) los investigadores dejan la historia abierta: ¿por qué Mario Vargas Llosa le propinó a Gabriel García Márquez el 12 de febrero de 1976 (en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México)? ¿Qué fue lo que sucedió? Esa tarea, como ha dicho alguno de los involucrados, le queda a sus biógrafos. La curiosidad sigue abierta.

 

Otro punto que, como lector, puede llegar a molestarme es la evidente antipatía que los autores sienten por el gobierno cubano y algunos intelectuales de ese país. Una crónica como esta, donde se muestran todas las cartas abiertas, no necesita de los comentarios políticos de sus autores: los lectores, cada uno de nosotros, podemos y queremos leer sin necesidad de intromisiones. Este libro es demasiado valioso como para cargarlo con nuestras preferencias o diferencias ideológicas.

¿Por qué dije al principio de esta nota que "la literatura es hecha por todos, voluntaria o involuntariamente"? Porque me encontré (gracias a la llamada cómplice de un amigo) con mi nombre en la página 300. Dice así:

 

"(...) Lo más cercano que tienen los dos es la firma, por separado, de un ejemplar de un colombiano. ¿Recuerdan que hubo una publicación, instigada por José Miguel Oviedo, en Milla Batres, copiosamente pirateada? Pues bien, un librero bogotano llamado Álvaro Castillo Granada, que tenía un ejemplar de una de las primeras ediciones del libro, consiguió que los dos se lo firmaran, claro está, en momentos diferentes. Primero lo hizo Mario, de esta forma:

 

Para Álvaro Castillo esta reliquia bibliográfica (y pirata). Cordialmente, Mario Vagas Llosa. 2000.
Un año más tarde pasó por allí Gabo y puso la siguiente dedicatoria:
"Y con la adhesión de la contraparte."

 

Es bastante extraño encontrarse con su nombre en otro libro. Y más, en este caso,  cuando se trata de un libro de la amistad entre Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. No puedo negar que me emocioné al verlo. Aquí es donde entra la "pequeña historia", mi pequeña historia. Ese libro, La novela en América Latina: Diálogo, lo encontré la mañana del 12 de septiembre de 1993, un domingo lluvioso, tirado en el piso junto a otros libros igual de desamparados, en la calle 24, abajo de la carrera séptima, bajo los aleros de los que en ese entonces eran los Cinemas 1, 2, 3 y 4. Lo compré porque me pareció curioso, no porque supiera de qué se trataba. Me lo vendió un hombre muy viejo, siempre vestido con un abrigo negro largo y unas botas también negras que llegaban hasta sus rodillas, que le decía a todo el mundo: "Profesor...mire lo que le tengo...". Le compré ese libro y uno más que ya no recuerdo. Por esos años yo no era lector ni admirador de Gabriel García Márquez. Había leído algunas novelas y algunos cuentos que no me habían conquistado. Todavía no era mi momento de lector. Vino después, con la tercera lectura deslumbrada de Cien años de soledad, en 1996. Lo guardé y lo olvidé en alguno de los estantes de mi biblioteca. Tiempo después, cuando ya Gabriel García Márquez  me había conquistado para siempre, lo leí  y asistí admirado a esa fiesta de la amistad y el conocimiento que es ese encuentro. He tenido la fortuna inmensa de poder servir a García Márquez como librero. A lo largo de los años me ha encargado varias cosas que le he podido conseguir. Varias veces me ha llamado por teléfono y hemos podido conversar sobre muchas cosas. También he podido compartir con él varias veces en La Habana (dos veces junto a José Luis Díaz-Granados, su esposa Gladys y su hija Carolina). Han sido encuentros memorables donde hemos tenido tiempo de sobra, largo y tendido (acompañados a veces por coca cola, otras por whisky) para hablar sobre todas las cosas que hacen parte de la vaina. Siempre han sido momentos maravillosos, donde me he sentido junto a un amigo de mucho tiempo. En el año 2000 me bautizó como "el libroviejero" (primero fue "librovejero", pero lo cambió porque sonaba como "ropavejero"). Esos lazos (cortos, pequeños pero inmensos para mí) fueron los que permitieron el atrevimiento "autográfico".

 

Cualquier  colección es imposible de hacer en solitario, sin la complicidad y solidaridad de los demás. En el caso de mi colección de libros autografiados ha sido así. Muchos de ellos han llegado a mis manos gracias a la generosidad y desprendimiento de amigos y compañeros. Otros, bastantes, los he conseguido gracias a su complicidad. En este caso fue doble. En mayo del 2000 vino Mario Vargas Llosa a Colombia. Por esa época el Gerente general de la editorial Santillana, Francisco Cuadrado, se había convertido en asiduo visitante de la librería San Librario Libros. Allí compartimos muchas charlas y complicidades bibliográficas. Cuando supe de la visita de Vargas Llosa y de lo difícil que iba a ser llegar a él le pedí el favor de hacerme firmar el libro que ya sabemos. Lo hizo. Me llamó y me dijo: "Mario te firmó el libro y me dijo que era pirata". Le dije (cosa que era cierta en ese entonces) que yo no sabía que era pirata. Me lo entregó con una sonrisa. La dedicatoria de Mario Vargas Llosa dice exactamente así: "Para Álvaro Castillo, esta reliquia bibliográfica y (pirata) Cordialmente Mario Vargas Llosa Bogotá, mayo de 2000". Una llamada telefónica al año siguiente me hizo concebir la posibilidad de tenerlo firmado por el otro actor del diálogo. Gustavo Bell Lemus, por ese entonces Vicepresidente de la república, viajaba a La Habana. Me llamó para preguntarme sí se me ofrecía algo. Tuve el chispazo: "Nada más llevarle un libro a García Márquez para que me lo firme".  Al otro día fui a su oficina y le conté de qué se trataba su misión. Como buen cómplice no puso reparo alguno. Se fue y a los pocos días volvió con él. Fui a recogerlo. Me dijo: "Gabo se rió cuando lo vio. Claro, para el libroviejero...". La dedicatoria de Gabriel García Márquez dice exactamente así:  "Y la rara adhesión de la contraparte, Gabriel García Márquez 2001".

 

Haber hecho coincidir, sin trampa ni engaño alguno, a estos dos inmensos escritores, que alguna vez fueron los mejores amigos, en la misma página de un libro que nos deja escucharlos hablar, es una de las conquistas más hermosas que me ha dado la oportunidad de realizar (gracias a la complicidad y la amistad, por supuesto) este oficio de librero en el que ya llevo veinte años. Y pico.

 

De Gabo a Mario
Ángel Esteban/ Ana Gallego
Espasa

Publicado el 24 de julio de 2009
ALVARO CASTILLO GRANADA
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