El historiador y dramaturgo Carlos José Reyes expresa así el legado de Fanny Mikey y la responsabilidad de preservarlo.
Hablar de Fanny Mikey significa ante todo decir alegría, fiesta, vitalidad. A lo largo de casi medio siglo irrumpió como un brillante meteoro en el panorama del teatro colombiano, en una permanente lucha por llevar el arte escénico a las grandes mayorías, por convertirlo en una fiesta colectiva, como fue el teatro en el mundo clásico o en las carnestolendas medievales, esos momentos privilegiados de la cultura en que las obras de los creadores entraban en contacto con las multitudes, convirtiendo la representación en un medio para superar los conflictos y penurias de su lucha cotidiana gracias a la risa y el juego, a la catarsis y a los estados de emoción humana más intensos.
Como Molière, Fanny ha cerrado su ciclo vital en medio de la escena: regresó a Cali, a donde había llegado por vez primera a Colombia, y fue en esta misma ciudad, a donde viajó con su espectáculo Perfume de Arrabal y tango, donde concluyó su existencia apasionada y creadora, uniendo la evocación de la música de su tierra natal, con el reencuentro de la ciudad donde había encontrado una nueva patria, hasta adquirir la nacionalidad y convertirse en una colombiana integral.
A su llegada a Cali en 1959, en compañía del actor y director Pedro Martínez, Fanny se integró al entonces Teatro Escuela de Cali, TEC, dirigido por Enrique Buenaventura, donde no sólo trabajó como actriz en obras como Edipo Rey de Sófocles, en la cual encarnó el papel de Yocasta en las graderías del Capitolio Nacional, sino que a la vez asumió la organización de grandes eventos, como el Festival de Arte de Cali, que en sus primeras ediciones combinó diferentes expresiones artísticas como la música, la danza y el teatro y aún sobrevive gracias al primer impulso que ella logró darle.
Fanny hizo parte también de grupos como el Teatro Popular de Bogotá, TPB, pero ante todo fue creadora de sus propios escenarios y eventos, desde La Gata Caliente, la primera sala de Café Concert en nuestro medio, hasta las salas del Teatro Nacional que hoy gozan de una constante actividad: la primera en la calle 71, luego el Teatro Nacional La Castellana y finalmente La Casa del Teatro, que ha acogido a muchos grupos colombianos sin sede propia, y que ha sido escuela, lugar de encuentros y talleres permanentes y punto de estreno de decenas de nuevas obras de la dramaturgia nacional.
Nada de esto se hubiera logrado si Fanny no fuera una empecinada creadora de imposibles. Por eso concibió al teatro como una jubilosa fiesta colectiva, pero también como una gran empresa. Luchó por superar la marginalidad del teatro colombiano, presentando grandes proyectos a las instituciones culturales y a la empresa privada. Nunca solicitó el apoyo como si se tratase de una ayuda o una dádiva caritativa, sino con el orgullo de ofrecerle a las diversas entidades la posibilidad de hacer parte de algo enorme y excepcional. El tamaño, las calidades y la proyección de un evento como el Festival Iberoamericano de Teatro hubieran parecido una locura y un sueño utópico, si no hubiera estado al frente esa fuerza poderosa de Fanny, quien no tenía miedo a pensar en grande.
Por eso nuestro recuerdo y homenaje a Fanny Mikey no puede quedar encerrado en una nostálgica elegía, ni en la pesadumbre ante lo inefable, sino en la presencia de su risa, su vitalidad y su empuje, que nunca se refugiaban en el pasado, sino que proyectaban toda su energía hacia el futuro. Y es sobre este futuro del teatro colombiano, del Festival y de las salas que rescató para la escena, donde puede encontrarse la gran parábola de su existencia creadora. En consecuencia, el mejor homenaje que puede hacerse a su vida generosa, que tantas alegrías trajo a Colombia entera, es defender su legado: que siga el Festival, impulsado por la fuerza que ella logró darle y que continúen las representaciones en sus teatros, donde ella acogió a tantos grupos del mundo entero con los brazos abiertos. La obra que ella impulsó, hoy es patrimonio de todos los colombianos.
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