Relato del periodista Diego León Giraldo, que trabajó durante varios años con la directora del Teatro Nacional, y compartió sus momentos detrás de bastidores.
"¿Ves, Diego León? Por eso es por lo que yo trabajo, por ver la casa llena de jóvenes". Fanny había salido de la sala de la Casa del Teatro y estaba sola, recostada en una discreta pared, llorando sola. Pero llorando de felicidad. Adentro, el escritor uruguayo Eduardo Galeano leía sus poemas.
En sus círculos íntimos, cuando se empujaba unos vodkas y escuchaba boleros o bailaba salsa, Fanny seguía siendo la gocetas que todo el país conoció, una terca apasionada que no podía dejar de hablar de "tiatro", tal como lo pronunciaba.
La primera vez que la vi quedé temblando. Era una noche templadita de 1989, en la Cinemateca de Cali, donde el Festival de Arte le rendía homenaje, y yo era un estudiante de periodismo que hacía prácticas para el diario Occidente.
Fanny pasó con su acelerado taconeo, con una falda negra y una blusa blanca de lunares oscuros. Al año siguiente, una entrevista sobre sus sesenteros días de trabajo con el Teatro Experimental de Cali (TEC) y los azotes de baldosa en Juanchito permitieron la primera charla larga en la terraza del Hotel Aristi; el mismo lugar donde el mítico fotógrafo Remolino le había hecho las primeras imágenes en atrevidísimos bikinis.
Fanny, la señora a la que algunos teatreros tildaban de demasiado comercial, sin duda fue una gerente que en medio de las comedias y tuvo espacio para impulsar a jóvenes directores, a actores arriesgados y a muchachas que querían aprender a actuar con los maestros que trajo de los lugares más extraños del mundo.
Pero además de esto que todo el país conoce, esta colombianísima de acento argentino era una especie de leona que defendía a sus amigos y una mamá para los que la rodearon.
Lo que Fanny solo supo este año en una animada charla fue que en el 90, con los bolsillos vacíos y hospedado en la casa de una amiga actriz igual de 'arrancada', no solo nos gozamos el segundo festival con las boletas que me habían dado para el cubrimiento periodístico sino que también tuvimos que vender las entradas que sobraban. Así comimos mi amiga y yo esa semana y media que duraron las funciones. Todo por seguir esa pasión que nos había contagiado.
A partir de esa primera visita en bus, los viajes a los estrenos, contando con la invitación de Fanny, se volvieron costumbre. Entonces, con el atrevimiento irrespetuoso de los más jóvenes, durante esos años le dije lo que para mí era una verdad en ese momento. Fanny respetó siempre el punto de vista opuesto y escuchó los argumentos, así no estuviera para nada de acuerdo.
Cuatro años después trabajé a su lado, para aprender de ese remolino de ideas que nunca paró. De su mano escuché a los maestros teatrales y me emocioné con sus historias sobre los más disímiles espectáculos que quería traer al país.
En la escalera del cuarto piso del Teatro Nacional, tras contarle que renunciaba a seguir siendo su jefe de prensa para salir con una mochila a recorrer Suramérica en pos de un amor, recibí otra de las tantas lecciones que todos los días daba: "Tranquilo, Diego León, vete que las razones de amor siempre son más poderosas" y apoyó su mano sobre mi brazo izquierdo. ¡Cómo no creerle!
Sobre todo a ella, que se atravesó el continente en barco y arribó a Buenaventura, con tal de instalarse en Cali con su amor del momento (1959), el director Pedro I. Martínez. ¡Cómo no creerle a una mujer que hizo que un país entero se congregara en torno a los saltimbanquis, payasos y actores, y que logró lo inimaginable: que un festival de teatro fuera la fiesta cultural más importante de Colombia y una de las más conocidas en todo el planeta.
A los que tuvimos el privilegio de tenerla cerca nos quedan voces e imágenes, como la de las plegarias a su María Auxiliadora antes de cada función, la fortaleza y la negación de los decaimientos que en tantos años la aquejaron y que nadie conoció . Y hasta la imagen de una virgencita en la billetera.
Ese grito de ¡Merde! cuando se le contaba un proyecto, la carcajada escandalosa que la hacía llorar y sobre todo la imagen de su rostro empapado de llanto, pero de llanto feliz y ojos tan brillantes como los de la juguetona que siempre fue... Todo eso es imborrable.
Difícil no llorarla y seguirla llorando, aunque sin duda ella hubiera preferido una rumba en su adiós. Por el momento, es mejor ponerse de pie para ofrecerle una larga, larguísima tanda de aplausos.
Diego León Giraldo S.
Director de Elenco
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