Por Maruricio Reina, crìtico de cine
El cine nórdico está viviendo un giro muy interesante. Lejos de la sombra de figuras como Ingmar Bergman y Lars Von Trier, una nueva camada de directores ha incursionado en géneros más comerciales con un toque singular que está cautivando al mundo.
Un ejemplo son películas como La chica del dragón tatuado , de Niels Arden Opley, y Déjame entrar , de Tomas Alfredson, quien además dirigió la magnífica El topo , que fue nominada a tres premios Óscar.
Ahora llega a nuestras pantallas Aguas turbulentas , del noruego Erik Poppe, un filme que se ha estrenado con menos copias que las que su calidad amerita, y que lleva al espectador al límite de la intensidad con una buena combinación del género policíaco y el thriller psicológico.
A primera vista, la historia parece convencional, pero encierra una gran sorpresa y una profunda reflexión moral. Un joven paga una condena por el asesinato de un niño y al salir de la cárcel consigue trabajo como organista en una iglesia. Cuando la madre de la víctima se entera de la libertad del acusado, se desencadena un conflicto que no da respiro.
La forma como está contada la historia es a la vez el punto más fuerte y el más débil de la cinta. La narración fragmentada de las circunstancias que rodearon el asesinato puede decepcionar al espectador impaciente, pero las aprensiones desaparecen con el hallazgo de la última pieza.
Así se resuelve el rompecabezas y además queda claro algo muy importante para nuestra realidad: conocer la verdad que se esconde tras un crimen no solo es importante para la víctima, sino también para el victimario.
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