DISFRUTANDO A GODOT

26/04/2009

   

No ha sido fácil la vida de Samuel Beckett en los escenarios del mundo. Para no ir más lejos, en Colombia, lugar desde donde escribo, el matrimonio entre el escritor irlandés y los habitantes de las tablas no ha tenido una convivencia feliz. A finales de la década del sesenta hubo un boom beckettiano (un poco antes del boom brechtiano) y llovieron Godots y Días Felices y Finales de Partida por doquier, todos haciendo gala de una pobreza creativa que colindaba con el desastre. Porque con Beckett pasa lo mismo que con las vanguardias artísticas: como se trata de acabar con todo, pues no es necesaria ni la calidad, ni la profundidad, ni el desconcierto. Si Beckett dijo alguna vez: “un artista es aquel que se atreve a fracasar”, pues hagámosle caso y no nos atrevamos: fracasemos de una. Los resultados son, por decir lo menos, lamentables. Me parece, por el contrario, más significativo el hecho de que nuestras mejores agrupaciones de los sesenta y de los setenta nunca se atrevieron a montar al autor de “Molloy”. Sin embargo, ¡qué gran influencia la del mal llamado “teatro del absurdo” en el subtexto del ya no tan Nuevo Teatro Colombiano!

 

Quizás la mejor excepción vino a nuestros escenarios en 1989, justo en el año en que Beckett desaparecía de entre los vivos. Me refiero al inmenso ceremonial del grupo Mapa Teatro titulado “De mortibus” donde se desgranaron en un réquiem inolvidable, collage de muchos textos y de una iconografía profunda alrededor de la figura del autor que nos ocupa. Creo que ninguno de los que fuimos testigos de la callada lluvia de emociones que cayó sobre el escenario del Camarín del Carmen hace ya veinte años, podremos olvidar esta descarga contundente de toda la obra del tío Sam concentrada en una hora y media de espectáculo.

 

Debo confesar que cuando supe que el director Everett Dixon se aventuraba a estrenar una versión de “Esperando a Godot” con jóvenes actores colombianos, me llené de terror. Dixon, por supuesto, es un director que ya está más allá del bien y del mal, se ha paseado por los escenarios del mundo y, mal contados, ya lleva 18 espectáculos Made In Colombia, después de haberse instalado entre nosotros desde finales del milenio que se fue. Sin embargo, la experiencia con su “Esperando a Godot” es maravillosa: cómo es de difícil ver una obra de Samuel Beckett bien parada en un escenario y cómo lo agradece un espectador cuando, luego de tres horas, uno no quiere que se acabe. El “Esperando a Godot” de Dixon, con los actores del grupo “El anhelo del salmón” llega a estas altas cumbres.

 

Empecemos por el texto. Es curioso que en Colombia se tenga a un especialista en Samuel Beckett de la talla del ciudadano del mundo Joe Broderick. Pero es así. Colombia ha terminado convirtiéndose en un país mucho más beckettiano de lo que sospechábamos y aquí tenemos a un ex-sacerdote entre nosotros, especialista en Camilo Torres y en el cura Pérez y, aunque parezca extraño, conocedor profundo del universo de su cuasi-compatriota irlandés. ¿Será que la vida del ELN le ha parecido a Broderick una especie de metáfora de “Final de partida”? ¿O viceversa? Vaya uno a saberlo. Lo cierto es que, entre los créditos del montaje de “Godot” de “El anhelo del salmón”, respira por allí la asesoría lingüística de Broderick. Y uno lo siente, valga la verdad. ¿Será de él la idea de cantar la jocosa canción de la mora en su moralito en el segundo acto? Vaya uno a saber.

 

Ahora, en este mes de abril de un 2009 desangelado, llega al escenario de la Casa del Teatro Nacional (restaurándose cada vez mejor) este montaje que se disfruta con las tripas. A la gran mayoría de los actores los conocía, pues han pasado por los salones de clase de la Academia Superior de Artes de Bogotá. Otros (mejor dicho, el otro) es el que me ha causado mayor sorpresa: Gadiel López, quien, devorado por un Estragón de las altas esferas, consigue una interpretación desconcertante.

 

Bien es sabido que a Beckett hay que montarlo como Beckett quería. No hay más opciones. Beckett es así y punto. Los que se ponen muy creativos, fracasan sin misericordia en el intento. Dixon conoce sin aspavientos esta regla de oro y presupone  que el solo hecho de escoger un texto como “Esperando a Godot” para ser puesto en escena ya es un riesgo de dimensiones suicidas. De hecho, hacer esta obra, en términos profesionales, con actores que apenas bordean los 30 años, es ya todo un desafío. Pero sale muy bien librado. Este montaje es una fiesta de los sentidos, un homenaje a un inmenso dramaturgo y, al mismo tiempo, un ejercicio de estilo donde bailan el “clown” y el “slapstick”, la pintura metafísica y la cultura popular colombiana, la densidad y el asombro, la cachetada metafísica y el humor escéptico. No dudo en recomendar este montaje que estará durante tres semanas más en el escenario del barrio La Soledad (qué bonito nombre para un sitio donde se presenta una obra de Beckett).

 

He visto muchas veces a Godot (a pesar de que nunca llegue). Lo he visto en Manizales, con actores pastusos y en París, con Roman Polanski en el rol de Lucky. Lo he visto con actores ingleses y con actores argentinos. He soñado con el montaje de Susan Sontag en Sarajevo y releo el texto cada vez que pienso que hacer teatro no tiene sentido. Con todo, el trabajo de Everett Dixon llena las expectativas y es un nuevo canto de amor a las artes escénicas, es una aventura y es, al mismo tiempo, una manera inteligente de montar un clásico dentro de los difíciles parámetros de la escena colombiana contemporánea.

 

Y lo que uno más disfruta es a los actores. En especial, a los encargados de los roles protagónicos. Todavía no entiendo cómo ha hecho Dixon para desdoblarse, trabajar en Cali y dirigir a actores que, creo, viven en Bogotá. Sin embargo, estoy seguro de que ese “tempo” general que tiene el montaje, esos ritmos sincopados en los textos, esa manera de mantenerlos a raya para que el histrionismo no se los devore, es producto del ejercicio entre unos actores atentos y una mirada externa que los equilibra.

 

¿Para qué, finalmente, montar “Esperando a Godot” en nuestros días? Creo que hay toda una lectura inquietante en el hecho de que podamos ver una obra sobre el desarraigo en Colombia y que podamos salir felices, en medio del desasosiego. No es una obra complaciente. Es una obra cruel, desafiante, cínica, triste. Pero, paradójicamente, produce una intensa satisfacción. Así como el teatro de Brecht no tiene que ser aburrido para ser brechtiano, el teatro de Samuel Beckett también puede ser emocionante, sin dejar de ser beckettiano. El montaje de “El anhelo del salmón” logra ese delicado equilibrio entre la dicha y la manera de indagar en el alma de los  seres desdichados. 

 

 

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sandroromerorey

Sandro Romero Rey, escritor y director de teatro nacido en Cali. Ha combinado su actividad escénica con la literatura, el cine, la radio y la televisión. Hizo sus estudios teatrales en su ciudad natal y se especializó en París y Londres. Ha publicado, entre otros, "Oraciones a una película virgen" (Novela), "Las ceremonias del deseo" (Cuentos), "El purgatorio de Margarita Laverde", "Nuestra Señora de los Remedios" (teatro) y "Andrés Caicedo o la muerte sin sosiego" (Ensayo). Profesor de Planta de la Universidad Distrital, Facultad de Artes- ASAB.

DESCRIPCIÓN

CONTRA ESCENA: Un blog sobre el teatro. El teatro no es sólo el universo que se ve sobre las tablas: es también lo que se piensa sobre él. En un país como Colombia, donde la crítica teatral vive a tumbos, se hace cada vez más necesaria una guía acerca de los espectáculos que se presentan en nuestros escenarios y en otras latitudes. CONTRA ESCENA pretende ser un espacio donde se comente y se reflexione acerca de los pormenores de las obras de teatro que habitan, noche a noche, nuestras salas.

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