La artista estadounidense Ethel Gilmour había dejado de creer en Dios. En parte por esto y también porque su vida era una constante de sencillez y dulzura, después de morir no hubo ceremonias.
En la que fuera su casa se encontraron amigos y artistas para acompañar sus cenizas y a su esposo Jorge Uribe. Gilmour murió la noche del pasado lunes víctima de un cáncer.
La mujer de 'El pueblo y el guayacán' nació en Ohio hace 65 años, pero llegó a Colombia hace más de tres décadas, cuando conoció a su esposo, el paisa y también artista Uribe.
Fue el momento en el que a su obra de colores y pop, ingresó la problemática de un país de santos, fiestas patronales, gente amable y conflicto para lograr un trabajo que como ella misma decía no es posible encasillar en ninguna corriente artística.
"Tenía dos cualidades marcadas y particulares era supremamente dulce, pero también muy cruel, denunciaba de una manera muy especial", dice Martha Lucia Villafañe, artista y curadora del Museo Juan del Corral, de Santa Fe de Antioquia.
Con su incursión en el ámbito artístico antioqueño se convirtió en un referente relevante para este sector de la ciudad a través de la denuncia social y los detalles cotidianos de su obra.
"Para Medellín y sus artistas, Ethel era un elemento fundamental y muy especial", explica Juliana Restrepo, del Museo de Arte Moderno.
Gilmour fue docente de la Universidad Nacional, fundadora del Museo de Arte Moderno y creadora incansable por eso la mayor parte de instituciones culturales de la ciudad tuvieron algo que ver con ella.
La pintura era su principal técnica. En ella se destaca la serie No ficción de 1995, que conmemora los 10 años de los atentados al Palacio de Justicia y la tragedia de Armero. También hizo escultura, performance e instalación.
En medio de detalles cotidianos y autóctonos, sus cuadros reflejan la cruda realidad de una ciudad con problemas sociales complejos, pero también la belleza de sus paisajes y la amabilidad de sus habitantes, pues como recuerda el curador del Museo de Antioquia, Conrado Uribe, "era una persona muy amable, cariñosa, siempre tenía una palabra bonita para todos".
Desde su ropa hasta su casa estaban empapados de arte, hacían parte del "mundo mágico" al que pertenecía, "en su casa ponía de todo lo que vendían en Guayaquil, zona céntrica y popular de la ciudad, pero todo se le veía bonito. Por eso tenía razón, no pertenecía a ninguna corriente, era una artista comprometida políticamente", asegura Villafañe.
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