El sofisticado mundo de Ana Adarve en El Museo / OPINIÓN

Columna de arte por Dominique Rodríguez

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Foto: Archivo particular

Entrar en su obra toma tiempo. Puede uno dejarse llevar por la apariencia, por la belleza de sus imágenes, fotografías impecables, prácticamente asépticas, de paisajes solitarios, y quedar allí, en esa satisfacción de haberse topado con una buena imagen. Pero eso no es del todo cierto y, de allí, lo interesante de su propuesta. Justamente, diría que el gran valor del trabajo de Ana Adarve es que logra introducir al espectador en un mundo que está lejos de la comodidad, cruza el umbral y, sin mensajes ni consignas, nos lleva a un lugar intranquilo, temerariamente hermoso. Esa desolación y falta de acción de sus imágenes resulta tan perturbadora como engancharse en alguno de los caminos de David Lynch.

 

Así, una vez adentro, metidos en el laberinto de Alicia, entra el juego de qué es verdad y qué no. Adarve es una maga en el retoque digital y ha llegado a un punto en el que difícilmente se logra detectar qué estaba en la imagen original. Si bien al inicio de su carrera mostró intencionadamente las manipulaciones que le hacía a la fotografía (delicados tramados de colchones impresos bajo los puentes, señalando una realidad inocultable de los sin hogar; labios callados incrustados en edificios ignorados por los peatones), hoy, la sutileza es la marca de su trabajo. Ya no necesita recitar para mostrarnos lo que piensa y siente. En la exposición que tuvo en la Universidad Nacional en el 2010, ya se veía una nueva etapa en la cual una sensación de miedo, paranoia e imposibilidad de escape se percibía alrededor de un inmóvil lago de un condominio estadounidense. Lo mismo sucede con sus fotografías de arquitectura irreal, en donde obliga a mirar dos veces, a preguntarse qué es lo que estamos viendo. Hoy, luego de su paso y estadía temporal en Monterrey, nos presenta  Extremo Norte , en la galería El Museo, una mirada a la frontera, cargada de abandono. Los camiones, esas moles que transportan el desarrollo, van solo en una dirección. Invaden el paisaje, lo transforman haciéndose esculturas. La artista dice que crea la ilusión de un instante: "Aún hoy, el extremo norte del sur y el extremo sur del norte representan el confín de dos mundos, el lugar último, el final, la nada; sabiendo que la nada no es más que un espejismo." La nada. Qué concepto más abstracto y, sin embargo, tan preciso para describir lo que producen sus imágenes. Ese no-lugar en el que depositamos tanto. Quizá serán los sueños de cruzar la frontera. 

Publicado el
11 de junio, 2012
Dominique Rodríguez
Cultura y entretenimiento

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