Esta artista perfumó las calles de Cali, lanzó lechugas en un estadio uruguayo y compartió con Andy Warhol, en Nueva York. Por su trabajo, se autodenomina la 'Dalí suramericana'.
Los destellos de las cámaras rebotan en el pelo rubio brillante, totalmente liso, y se reflejan en las grandes gafas oscuras de la diva. Los camarógrafos revolotean alrededor del overol dorado que resalta su cuerpo delgado, mientras sostiene una revista con su foto, en la que sale con el famoso Andy Warhol.
Entonces, la artista Marta Minujín declara a voz en cuello con su acento argentino: "Yo soy el Dalí suramericano". Así dijo el pasado 30 de enero, antes de encabezar un desfile en el que perfumó varias calles del centro de Cali.
Nacida al comienzo de la década de los 40, empezó a sacarle el gusto a sacudir el mundo con sus obras desde cuando rondaba los 20 años, época en que hizo su primer 'happening': 'La Destrucción'. Una quema de toda las obras que había realizado por tres años en París, con el apoyo de una beca. Casi todas estaban hechas con colchones. A la conflagración asistieron artistas como el hoy famoso búlgaro Christo, que le envolvió un colchón.
Habla corto, con frases explosivas y se mueve rápido como si se fuera a perder algo de la vida. En Buenos Aires se prepara para poner a jugar en 300 rayuelas a sus conciudadanos, que el 21 de marzo pintará en la gigantesca avenida 9 de julio. Será el cierre de los homenajes que se realizan en la capital argentina en memoria del escritor Julio Cortázar.
Un acto que, se presume, reunirá cientos de personas, muchas de las cuales recibirán una obra de Menujín. "El hombre es grande y por eso construyó cosas como el Caballo de Troya, las pirámides... y como artista plástica me gusta hacer cosas grandes. El arte es una energía que trasciende y creo en él como participación masiva, con todos los sentidos. El gigantismo conmociona".
Lo dice ella, que en 1981 quemó en una bienal de arte de Medellín una estatua de Carlos Gardel de 17 metros de alto; ella, que hizo en su ciudad -en épocas de la dictadura- un obelisco de pan que la gente se comió (1978). Claro que y a había emprendido acciones fuera de todo límite, como cuando en 1965 reunió en el estadio de Peñarol, en Montevideo, decenas de motociclistas musculosos, mujeres gordas, bailarinas, parejas de novios amarrados, y pollos que lanzó a la cancha en medio de una lluvia de harina y lechugas, lo cual le costó no poder volver a Uruguay por varios años.
Aún hoy parece tener la misma energía que desplegó cuando, según cuentan amigos suyos, recorría Nueva York en patines (se dice que Dalí la mandó llamar apenas supo que patinaba por medio Manhatan) y cuando se encontró con Warhol en esa ciudad.
A este último le 'pagó' la deuda externa argentina con una montaña de mazorcas (1985). Cosa que quiso repetir para el quinto centenario del Descubrimiento de América con la reina Sofía, de España. Aunque no pudo "por razones protocolarias".
"El transgresor no tiene edad. Duchamp, Dalí no la tuvieron para transgredir. Mondrian era un caballero, pero rompió con su tiempo", dice. En su caso, más que una opinión, la transgresión es una vivencia.
Cuando regó perfume en Cali, los que se la encontraron arengando con un megáfono para que la gente disfrutara de su arte la miraban como un 'bicho raro'.
"Soy 'pop' de nacimiento y fui 'hippie', de la generación que hizo feliz al mundo. Es cierto que un artista puede ser bueno sin ser transgresor, pero mis ídolos son los transgresores porque hacen cosas que desconciertan".
Contrario a lo que se puede creer, dice que no sale mucho, que se pasa la vida en su taller de Buenos Aires y que vende muy poco. "Las ferias arruinaron el arte. Solamente sirven para que los ricos especulen. Un chico de 30 años vende más que yo. Nunca vendí. Ahora Hirst (Damien), a sus 43 años, vende millones de doláres. A él lo dominó el mercado del arte, pero sus obras no son buenas, ¿le parece buena la calavera de diamantes?".
De todos modos, algo habrá de vender, más cuando tiene cuentas separadas con su esposo, del que no habla. "En Argentina soy un ídolo para la gente, me aman, pero no en el mundo del arte. Lo que me gusta es vivir el arte. Yo no escogí esto, me tocó. Sos así, no podés ser otra cosa".
Una explicación algo resignada para alguien que se ve eufórica. "¿Parezco feliz? Hay angustia. La angustia de la creación es irracional, una sensación de vacío. Tengo que trabajar, no puedo parar. Quisiera ser feliz comprando un auto, pero solo soy feliz teniendo estas experiencias".
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