La desgarradora aria para cámara de Vincenzo Bellini, 'Dolente immagine di Fille mia' (Imagen afligida de mi hija), en la voz de la italiana Cecilia Bartoli, inunda un salón de exposiciones.
Los que están en otras salas contiguas no pueden resistirse a buscar a la mujer que le canta a la tristeza de su hija, desconsolada por un amor perdido.
Pero al llegar al lugar de donde sale la canción no hay más que un ventilador de mesa viejo, sobre un pedestal, que lleva atornillado el mecanismo abierto de una grabadora; en el suelo, a unos dos metros, hay un casete. Mientras el ventilador gira, el reproductor jala la cinta que sale del casete. Luego de sonar, la cinta se eleva impulsada por el viento hasta que, a medida que la canción termina, tan triste como empezó, va cayendo hasta quedar enredada (y muda) en el suelo.
Así es 'Ventilador', una de las obras más poderosas del artista bogotano Ícaro Zorbar que, a los 32 años, parece empeñado en insuflar vida y sentimientos a distintos aparatos eléctricos (ver recuadro).
"Cada obra mía es una historia -explica-. Todas tienen estructuras dramáticas, con principio y fin. No es que sea una historia literal, pero siempre pasa algo".
Es común que los que superan la primera impresión de desorden que tienen sus propuestas -pues deja cables a la vista- se queden sorprendidos al ver que están frente a máquinas que parecen expresar sentimientos.
Eso ha pasado con sus obras desde que salió de la carrera de cine en la Universidad Nacional (2003), de la que se graduó con un video al que había que darle manivela. También en ArtBo, cuando presentó una grabadora con un casete roto en la que sonaba Nadie me quiere -en español- cantada por Nat King Cole; como el casete estaba roto, la cinta se iba saliendo mientras sonaba y , al final, quedaba desparramada en un rincón.
En el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires presentó un motor de calculadora que arrastraba suave y lentamente hacia él a un walkman, mientras este interpretaba el tango Volver, de Gardel.
Ahora, Zorbar presenta sus nuevas máquinas en la Galería Casas Riegner, de Bogotá, bajo el nombre 'Estuvimos allí'. Se trata de un conjunto de instalaciones con tocadiscos, proyectores de distintos tipos (diapositivas, video...) y -casi para no creer- zanahorias y cajitas de música.
En esa sala, un pingüino de juguete gira en un disco que se quedó 'rayado' en un surco, mientras otro pingüino mira desde una silla, junto al disco, como el que da vueltas se acerca y se aleja sin parar.
En el mismo espacio, el artista muestra la parte superior de 12 zanahorias, incluidas las hojas, cada una sobre una tapa plástica de un frasco de café. Cada una está iluminada con un bombillo de linterna. Todas tienen una maquinaria de varias cajas de música que desbarató y modificó agregándole una canción a la que ya traían.
De esta manera pueden estar mezcladas What a Wonderful World (Louis Amstrong) y Feellings (Morris Albert). El que quiera les da cuerda y las zanahorias giran como bailarinas, mientras suenan las tonadas.
Zorbar dice que lo suyo es mostrar la fragilidad de las relaciones interpersonales. También hay algo de amor en su obra. Otro aspecto curioso es que la mayor parte de sus obras requieren su presencia para rebobinar un casete o dar cuerda a un aparato.
La experta en arte Anna Sokoloff, que ha trabajado para entidades como la casa de subastas Christie's, de Nueva York, opina que una de las virtudes del trabajo de Zorbar es, precisamente, que integra una serie de elementos disimiles.
"El uso de música, motores e imágenes de video y su participación directa en la pieza crean un objeto que es al mismo tiempo una manifestación artística. Es una obra muy poética y actual", dice Sokoloff.
Sobre el contraste que plantea la aparente frialdad (y hasta fealdad) de sus artilugios frente a temas que involucran el amor, la poesía y los sentimientos, Zorbar dice: "Para mí lo fundamental es conmover. Si lo que muestro no conmueve, no sirve. Busco articular la frialdad de la máquina con lo humano que hemos perdido. En el fondo, pienso que una máquina desbaratada muestra que los humanos no somos tan inhumanos como realmente cremos que somos".
Máquinas bien vistas
Las "instalaciones asistidas" -pues casi todas solo funcionan si alguien les da cuerda- han sido vistas en Bogotá durante el Salón Nacional de Artistas y ArtBo (entre otros eventos); en Miami, en Arteaméricas, donde la Fundación Cisneros compró 'Ventilador'; en Nueva York, a donde fue por una beca de la misma fundación.
También en el Nuevo Museo de Nueva York, donde expuso con otros 49 artistas en una muestra a la que se postularon 500 creadores de todo el mundo; en una colectiva de Sao Paulo (Brasil), en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, en Pekín y en Noruega, donde fue con sus máquinas a dar un concierto.
DIEGO GUERRERO
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