Un pintor de Charalá que vende bien en el exterior

Manolo Díaz fue obrero y su primera lección de pintura la recibió en un almacén de arte, cuando compró sus primeros óleos. Ahora vende en Japón y Europa.

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Charalá (Santander)

 La primera vez que el pintor Manolo Díaz cogió un óleo fue antes de subirse a un bus para regresar a su tierra, Charalá, cansado de tocar puertas en Bogotá, las cuales nunca se le abrieron.

Con los últimos pesos que tenía, entró a un almacén de artículos para arte y dijo:

-Mire, quiero pintar, pero nunca he cogido un óleo.
-Con la plata que usted tiene -le dijo el dependiente- lo mejor es que compre los colores primarios. Con este aceite de linaza lo mezcla y eso le da fluidez o espesor.

 "Esa fue mi primera clase de pintura. Después, me devolví para la finca de mi papá", cuenta Manolo, sentado en una silla en el corredor de su casa, a diez minutos del casco urbano de ese municipio santandereano. Es una vivienda campestre con paredes de ladrillo, que pintó con colores pastel verdes, anaranjados, azules, amarillos y violetas.

Ahí, también, tiene su estudio, de donde salen los cuadros que van a parar a galerías de Holanda, Alemania, España y Japón, entre otros países. Ya quisieran muchos tener la 'suerte' de Manolo. Pero la suya la pintó con pinceladas que él cataloga como "de un artista ingenuo-costumbrista".

Una descripción que no dice tanto como sus cuadros, que tienen colores intensos, con personajes que se alejan del primitivismo por el uso de cierta perspectiva, pero en escenas en las que pasan muchas cosas. Las calles o las plazas están abarrotadas de gente común.

Son pinturas citadinas, con transeúntes, mujeres y sitios que solo existen en su cabeza. A veces, con cierta oscuridad tenebrosa, como del cine negro, y en otras ocasiones con la luz de un parquecito tranquilo.

Del infierno al cielo

"Soy empírico. Como campesino, no tuve acceso a la educación. Hice la primaria incompleta. Pero leo mucho. Me formé de artista a los 21 años. De joven, pintaba acuarelas y con vinilo y desarrollé el dibujo, pero la primera lección de óleo sí me la dieron en el almacén que compré las pinturas, en Bogotá. Yo creía que allá era el cielo, pero fue el infierno", recuerda el pintor.

Tenía 18 años cuando, rehusándose a ser un campesino en la finca cafetera de su papá, se fue para la capital a buscar un trabajo como dibujante y a estudiar pintura. Pero, sin títulos, no le dieron trabajo en ninguna parte y terminó de obrero, operando una máquina. "No me veía como jornalero y trataba de pintar luego del trabajo". Fue imposible.

Dos años después entendió que no lo lograría y regresó a la finca paterna. Don Ambrosio, su padre, permitió que trabajara solo parte del tiempo en el campo, así que pudo pintar.

-¿Qué va a hacer con todos eso cuadros, mijo?- le dijo el padre al ver la habitación repleta de dos años de labor -Nada -respondió Manolo.
-¿Por qué no los ofrece en la feria, en el pueblo? -Nooo, me da pena. -Yo le saco dos -dijo el papá.

Don Ambrosio mostró tres obras en la feria y todos quedaron cautivados. A los pocos días, el gerente del banco y el alcalde mandaron por el pintor y con las Damas Rosadas le armaron una exposición a la que había que pagar por entrar. Era 1982. "Con la plata pudimos hacer una exposición en Bucaramanga. Allá conocí a los primeros pintores que me enseñaron algo", recuerda.

En Charalá alcanzó a vender los primeros cuadros en 200 pesos y luego en 700 y se sentía tan bien, que pidió más de 800 pesos por uno, pero como no le dieron la plata, no lo vendió. "¡Despúes, en la exposición de Bucaramanga, lo vendí en 18 mil pesos!". Era un ascenso astronómico e insospechado. Pero no el único.

De Bucaramanga, su obra pasó a Medellín, en 1984, en una exposición en la que vendió bien. Luego expuso en Bogotá (Galería Skandia, Club de ejecutivos, según recuerda) y, entre una y otra muestra, algunos coleccionistas del exterior se interesaron en él. "A Bucaramanga llegó una coleccionista japonesa, le encantó mi trabajo y me compró la obra.

Luego se la han llevado para España y Alemania", dice Manolo. Ahora, Manolo es como un ídolo para muchos jóvenes de Charalá que van a recibir clases con él, cuando su trabajo se lo permite. Claro, ya no sabe nada de café. Solo pinta grandes cuadros en su pequeño estudio de su casa colorida, que, muy probablemente, terminarán en una pared de Holanda.
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Con invitación del Ministerio de Cultura

Publicado el
DIEGO GUERRERO
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO
HERRAMIENTAS

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